¿Por qué amamos a Bojack Horseman?

Bojack Horseman es un dibujo animado “original de Netflix” creado por Raphael Bob-Waksberg. Su protagonista es un hombre con cabeza de caballo que vive en una mansión y es millonario como producto de una sitcom familiar que protagonizó en los noventas, después de la cual el éxito se le hizo esquivo. La estetización y la nostalgia por una fama en decadencia, la convivencia entre humanos y animales antropomorfizados, junto con su localización en la ciudad de Los Ángeles, son a primera vista sus marcas distintivas.

Lo que la hace diferente es que su sistema de referencias culturales, su reflexión sobre los consumos, los usos de internet, la industria, las corporaciones, el negocio del espectáculo, los sistemas de jerarquía social y las largas disquisiciones socio-filosóficas sobre temas como el potencial subversivo de las estrellas pop o la figura de J. D. Salinger (que aparece como personaje), más las presiones a las que se ven sometidos, logra, a diferencia de casi todos los productos que vemos por Netflix, Amazon, etc., no tomarnos por estúpidos. Quizás por eso lo queremos tanto.

En oposición a su público ideal, que somos los bohemios burgueses y urbanos, Bojack es millonario y fue estrella en un programa de televisión durante los noventa -una suerte de ¡Grande pa! glamoroso y con corn flakes-. Pero Bojack está roto, vive de sus recuerdos de gloria, padece su propia incapacidad de dar y recibir amor, y en realidad no tiene nada. Quizás lo amamos por eso. Porque viene a enseñarnos de nuevo que el dinero no hace a la felicidad, pero porque además encarna el corolario cínico y tranquilizador de que igual ayuda, y le da una vuelta más y nos dice que en el fondo no ayuda tanto, porque nadie, a menos que acontezca una transformación radical en la relación entre los sujetos y los objetos, puede ayudarte.

Quizás lo amamos porque, sin renunciar a la cultura de la celebridad y al morbo que ahora más que nunca el lujo y la celebridad despiertan en nuestra cultura -a fin de cuentas, son las verdaderas y últimas gratificaciones reales que puede ofrecer la democracia-, nos tranquiliza saber que en realidad Bojack es como cualquiera de nosotros, de a momentos ruin y de a momentos irracionalmente generoso.

Otra explicación posible al amor que sentimos hacia Bojack Horseman es que en realidad todos somos Diane Nguyen, porque es en realidad Diane la que, al interior de la serie, encarna al espectador ideal de Bojack Horseman. En la primera temporada Diane es la biógrafa de Bojack, luego se convierte en su community manager, luego se pone en pareja con su frenemy, el labrador Mr. Peanutbutter. Diane habla como debe hablar una persona sensible, crítica e inteligente, pero no siempre actúa de la misma manera. De hecho, Diane representa el malestar propio de la militancia progresista de clase media: su discurso es crítico y emancipador, pero sus prácticas son conservadoras y, más allá de sus pataletas, su sometimiento a los valores del american dream es casi total. Su tragedia es que también sabe que, en caso de concretar su romance con Bojack, todo implosionaría aceleradamente.

Así como Mr. Peanutbutter es un emprendedor cándido y optimista que funciona como espejo del amargado Bojack, Princess Carolyn, la gata agente y ex novia de Bojack, funciona como espejo de Diane. Su derrotero profesional y su pospuesta maternidad, sus desengaños amorosos, su obsesión con el fitness y su precaria emotividad operan como el fantasma de las navidades presentes de todos los que nos hallamos en el corrosivo magma impreciso que arrecia en las fronteras de la mapaternidad e intuimos que, si existe, el éxito profesional depende cada vez menos de nosotros y que, en caso de producirse, aunque sea en forma módica, es probable que nos encuentre cansados, viejos, acaso cínicos. Pero no por ello Bojack Horseman es una serie que glorifique a la familia o la paternidad como refugio ante el sinsentido. Más bien hace equilibrio y explora las grietas de la promesa social. Será por eso que lo queremos tanto.

El sistema de desdoblamientos continúa en la figura de Todd, el chico que vive un poco de ocupa en el living de la mansión de Bojack en las colinas de “Hollywoo”. ¿Qué edad tiene Todd? Imposible precisarlo. En ciertos momentos, Todd, el personaje más satírico, el que debe cargarse en sus hombros la mayoría de los comic reliefs, parece tener quince o dieciséis años. En otros parece estar cerca de los treinta. Pero quizás también amamos a Bojack Horseman porque lo que viene a decirnos es que las categorías etarias van perdiendo cada vez más relevancia frente a los clusters emotivos de mercado y que, mirándolo desde un poco más cerca, nunca seremos viejos. A fin de cuentas, ¿cuántos años tiene Bojack? Si en los noventa, cuando se grababa Horsin’ Around, tenía alrededor de treinta, ¿Bojack tendría ahora alrededor de cincuenta años?  ¿Tenía veinte cuándo se hizo famoso? Las edades se indiferencian; que la edad deje de contar es uno de los logros principales de las sociedades del cansancio. Todd es la parodia y por qué no el homenaje a la falta de iniciativa, la imbecilidad sentimentaloide y la relativa candidez que las nuevas generaciones vienen a traernos.

Tras ser considerados como exponentes de la naturaleza salvaje primero, y luego como mártires a defender y preservar, desde hace bastantes años que los animales circulan por los productos culturales de factoría indie como elementos mitad bufonescos mitad amenazantes, cuya principal misión sería la de iluminar el declive de cualquier promesa de progreso social y resaltar los restos arcaicos y no civilizados que transporta la imposición del capitalismo global como única opción posible en los corazones. También queremos a Bojack porque nos recuerda con alegría que somos animales acorralados ya no por la naturaleza sino por la infinidad de falsas opciones. Somos animales que saben demasiado, y eso -y quizás este es el motivo por el cual no podemos prescindir de Bojack- no nos sirve para nada.

(extraída de textos publicados en revistapaco.com y ponele.info)

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