Sobre Las Aventuras de China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara

El Martín Fierro deconstruido

La literatura argentina se ha dedicado a celebrar, viviseccionar, analizar o cuestionar sus mitos literarios, pero de lo que se trata es de transformarlos. Y para transformarlos no alcanza el usual teatro de operaciones literarias, sino una subversión radical de las identidades que estos mitos petrificaban. Esa parece ser la hipótesis de trabajo de Gabriela Cabezón Cámara en Las aventuras de la China Iron, una novela donde las tensiones entre civilización y barbarie, la pregunta sobre la violencia y sus representaciones en la literatura argentina y los mitos de origen vinculados a lo nacional -por cierto interrogados de modo brillante en el también reciente ensayo de Carlos Gamerro Facundo o Martín Fierro– reciben una descarga de ácido en la cara. Se trata de una road movie onírica pero antes que nada lírica, con una prosa encantada y casi milagrosa que no reniega de la métrica gauchesca pero que la insufla de vitalismo místico: una mirada sobre la pampa, sobre el polvo, sobre la sangre y sobre los ríos que trabaja en los límites entre lo humano y animal, entre el movimiento y la quietud, entre el ser de la pampa y el acaso trágico acontecimiento de su domesticación. 

La China Iron, madre de los hijos de Fierro, fue adoptada por la negra cuyo marido-dueño Fierro terminaba matando en la versión de José Hernández. Víctima de nuestro gaucho nacional, que había asesinado a su amor primigenio y la violaba y tiranizaba, la China es rescatada por Liz, una inmigrante inglesa que entre otras cosas le enseña los placeres del amor entre mujeres. Así la China inicia una travesía en la que, además de repasar su vida y construir una nueva identidad deseante, acompañará a su benefactora en busca de su marido y de unas supuestas tierras compradas en el viejo mundo a los militares. En el camino formará una nueva comunidad junto a su querido perro Estreya y a Rosa, otro gaucho fugitivo y rebelde. El convoy de Liz irá a parar al falanasterio estanciero modelo de José Hernández, el autor del poema nacional travestido en personaje de ficción. Se trata de un borrachín paternalista y represor, al que Thelma y Louise terminarán robando y estafando para luego huir e integrarse con una tribu aborigen que, anfibia, decidirá alejarse de las duplicidades de la civilización occidental para fundar una nueva mitología: la de una sociedad rizomática y mística, reconciliada con la naturaleza. 

La novela no se pretende una versión femenina ni queer del poema de José Hernández; mucho menos una “reescritura de la historia” desde la voz de las oprimidas. No hay una “ida” y una “vuelta” que borra con el codo lo que había escrito con la mano. Tampoco hay un “denuncia” de la operación triunfante de Hernández por sobre la población gaucha y su apoyo al capitalismo de amigos basado en la promiscuidad entre estancieros y militares -quizás sí haya un poco de eso. Lo central es que en este puro viaje, en el puro devenir que propone el viaje de la China, asistimos a un caleidoscopio donde los cuerpos y los afectos, el paisaje y el lenguaje establecen una relación de poliamor narrada por la encantada voz inocente y maravillada, recorrida por la multiplicidad idiomática, de la narradora. Sin estridencias pero sin pacatería, con un dispositivo hiperliterario y al mismo tiempo entretenido, Cabezón Cámara nos deja picando una serie de intrigas políticamente urgentes: aquellas vinculadas al derrotero de las manadas micropolíticas y su vinculación con las instituciones, su estatuto al devenir mayorías, su relación con las armas, con el estado y con la técnica.

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