Sobre Plano Americano, de Leila Guerriero

Polvo de estrellas

No es exactamente una novela, o al menos aparece en una colección que tiene el curioso nombre de “Biblioteca de la memoria” de Anagrama, una editorial que huele un poco a viejo. Se llama Plano Americano y la escribió la ¿cronista? ¿periodista? ¿antologadora? ¿perfilista? ¿escritora? Leila Guerriero. El libro consiste en veintiseis perfiles de “personalidades de la cultura” lationamericanas que desarrollaron sus carreras entre principios del siglo XX y principios del siglo XXI. Entre ellos podemos contar a los poetas chilenos Nicanor Parra y Claudio Bertoni, a las artistas argentinas Marta Minujín y Nicola Costantino, al joyero Marcial Berro o a las escritoras Hebe Uhart y Aurora Venturini.

En sus textos Guerriero se comporta como una investigadora que es al mismo tiempo una psicoanalista. En lugar de buscar la cura de sus pacientes, Guerriero quiere quitarles la esmeralda de su verdad, los perfumes del rapto inconciente, el canto mudo de sus acciones. Es una asesina paciente y tímida, que con buen pulso y economía de recursos construye atmósferas muchas veces inolvidables. Es una saqueadora en busca del santo y multifacético grial de la condición contradictoria, alucinada y visionaria de los creadores que elige para sus perfiles. Hay momentos de iluminación en los encuentros que sostiene, en sus formas de perfilar manías sin caricaturizarlas, en su intento de forjar una empatía con sus sujetos/objetos de análisis. Guerriero siempre va hacia el límite indecidible donde el perfilado es un genio, un idiota, un canalla y un santo a la vez. Huye antes de que su hallazgo centellee, con la esperanza de que germine en la mente del lector.

Se podría decir que ese tipo de procedimiento fue típico de buena parte del realismo literario del siglo XX. De hecho, en los paratextos al libro no faltan los tragicómicos intentos de “jerarquizar” la labor de Guerriero en tanto “periodista” o “cronista”, acudiendo al dudoso sintagma de “crónica narrativa”. En uno de los blurbs Mario Vargas Llosa, que fue un genio literario y hoy es tan solo un canalla, dice que el periodismo puede ser una de las bellas artes sin renunciar a “informar”. En fin. Mi hipótesis de lectura, y el motivo por el que considero que el de Guerriero es un libro enorme, pasa menos por su estatuto literario que por el resultado al que arriban sus pesquisas. Voluntariamente o no, la suma de los perfiles de la novela, desde Idea Vilariño a Roberto Arlt, conforman el personaje principal de su novela no es otro que el clima moral de la cultura de las artes de América Latina en el siglo XX. Y uno va teniendo la certeza de que este personaje, que se proyecta en la vida de los “artistas” y los debilita, es venal, es misógino y, por encima de todas las cosas, es miserable (el hecho de que pocos de los perfiles de Guerriero hayan sido publicados en medios argentinos vendría a darle tintes dramáticos a esta idea). El siglo XX fue bastante deprimente.

¿Hay sin embargo algo que añorar? Probablemente muchas cosas. Pero el libro de Leila Guerriero es honesto e imprescindible porque va en busca de una llama sagrada y lo que encuentra es un montón de polvo. Y lo muestra. Sarah Connor nos tira el polvo de estrellas en los ojos, y no sabemos si lo que se escucha de fondo es la risa del patíbulo o el canto de los cisnes.

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