Sobre En la tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong

Ocean Vuong, estadounidense hijo de vietnamitas nacido en 1984, es un gran poeta. Pertenece prácticamente a la misma generación que otros dos autores asiático-estadounidenses como Tao Lin (1983, autor de la notable novela Richard Yates) y Tony Tulathimutte (1983, autor de la notable novela Private Citizens). La verdad que esto es una generalización pero hay algo en estos escritores que me atrae y los hace, cada uno dentro de su estilo, mucho más potentes que sus compañeros de generación nacidos en el mismo país. Hace poco tiempo se tradujo -salió por Anagrama- la primera novela de Vuong, En la tierra somos fugazmente grandiosos. Me costó mucho memorizar el hermoso título y recién pude hacerlo cuando busqué su original, On earth we are briefly gorgeous. La traducción no es del todo certera pero me parece un acierto. Y algo similar me pasó con la novela.

Tengo la costumbre de abandonar un libro cuando deja de interesarme. Y estuve a punto de abandonar la opera prima de Vuong en el 44% de su lectura. Esto me pasó porque ELTSFG tiene muchas de las cosas que en este momento de mi vida me parecen poco atractivas a la hora de aproximarme a un libro: un regodeo en cierta reflexión sobre las condiciones de posibilidad del lenguaje, citas de autoridad académicas a pensadores como Roland Barthes, inexistencia de trama, herejía calculada ante el sistema de escrituras profesionales de la universidad norteamericana (hecho que lo diferencia de Lin y hasta cierto punto de Tulathimutte, mucho menos integrados al sistema), y lo más importante: una colección de anécdotas personales contadas desde una posición que sí o sí despierta simpatías dentro del pequeño mundo de lectores intensos de literatura. Vuong es gay, inmigrante y de orígenes pobres. Esto parece un buen motivo para contar su historia y la tortuosa relación con su madre y con los Estados Unidos, pero un mal motivo para que yo lo lea simplemente porque yo estoy a favor de los gays, los inmigrantes y los pobres, en realidad estoy a favor de casi todo lo las personas cultas piensan que está bien, y por el momento no necesito ningún libro que me confirme lo bueno que soy ni lo bien que está lo que pienso.

No solo no necesito que ningún libro me confirme lo bueno que soy, sino que además me molestan un poco los libros escritos desde un lugar inexpugnable, el lugar de la víctima. Tampoco estoy particularmente interesado en los padecimientos de los inmigrantes a los Estados Unidos. La verdad es que me preocupan más las condiciones de vida de los argentinos, porque vivo en este país y trato de amarlo todos los días. Admiro a Estados Unidos justamente por la forma de amar al país que tiene su gente, y la novela de Vuong es más bien una carta torturada no sólo a la madre analfabeta, sino a un país que supo recibir a su familia pero la trató bastante mal. Los hitos del libro son, por un lado, la magnífica lírica de Vuong, la fuerza de sus imágenes y sus epifanías, en especial cuando narra el romance con Trevor, su primer amor, y luego todo el relato del trabajo de su madre en la casa de manicura y pedicura donde atendía. Hay una escena fascinante donde la madre hace masajes a un pie fantasma, el resabio de un pie amputado de una mujer que le deja cien dólares de propina.   

¿Por qué entonces no abandoné la novela en el 44%, trecho que me había sido más que suficiente para ver funcionando el talento de Vuong, para comprender que la novela era una colección de imágenes exquisitamente dispuestas en un trazo espiralado, y para aceptar también que estas escrituras de lo correcto no me mueven un pelo simplemente porque yo no soy su destinatario? Supongo que lo hice porque el talento tiene una cualidad hipnótica que en la escritura produce esa sensación que los formalistas rusos llamaban ostranenie y se parece bastante a una droga muy particular, una droga que enriquece la experiencia, la madre de todas las drogas, la única droga indispensable para mí. Y por lo general me cuesta mucho encontrarla.

La novela de Vuong la tiene y sólo eso es una buena razón para leerla (al menos el 44%; acaso con el 30% también sería suficiente). También me interesó un sutil y muy matizado esbozo de un manifiesto por la liberación de los animales que puede leerse en el mejor rant narrativo que tiene la novela, una seguidilla de tres páginas que pensándolo bien, y por sí mismas, también justifican su lectura (las subrayé enteras en el Kindle). Si además de una droga y de un espacio para la utopía la literatura es el teatro donde nuestros prejuicios deben ser puestos a prueba y donde hay un plus de belleza que puede permitirnos desafiar ciertas decisiones éticas y estéticas que tomamos como lectores del mundo, y me gusta pensar eso, haber pasado por la novela de Vuong fue una experiencia fugazmente grandiosa, y me siento un poco bien y un poco más tolerante por haberla terminado.

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