Sobre El Cuerpo es Quien Recuerda, de Paula Puebla

Para empezar a hablar de este libro tengo que ser sincero con dos cosas. La primera es que siendo un hombre blanco de clase media por ahora sin hijos que vive en un barrio de la zona oeste de la ciudad de Buenos Aires no soy el mejor para hablar de subrogación de vientres. La segunda es que siento cariño por Paula, la autora, y por Diego Genoud, su marido, a quien considero uno de los mejores periodistas del país.

Tras este disclaimer aprovecho para decir que en general apoyo y simpatizo con las luchas y demandas del feminismo, pero lo hago en una forma mainstream y desapasionada que debe ser un buen síntoma del sistema patriarcal que me atraviesa. En estas condiciones, las disputas internas del feminismo no terminan de interpelarme, todavía menos cuando se cristalizan como un género editorial. Al empezar este libro y conociendo algunas manifestaciones públicas de Paula me preocupé pensando que era otro libro más para contarle las costillas a la militancia feminista. La subrogación de vientres era en esta hipótesis el espejo invertido del aborto: mujeres pobres obligadas a parir para mujeres ricas que declaman públicamente estar a favor del aborto legal invocando la soberanía sobre los cuerpos. La sombra del salvaje bostezo que me provocan las discusiones intelectuales del feminismo se abalanzaba sobre mi falta de deconstrucción.

Por suerte la novela no es eso. La cuestión de la subrogación de vientres es en realidad una excusa de la autora para tomarse el trabajo de poner en discurso las contradicciones y los problemas que implica la antojadiza distribución social de la empatía, un tema que para mí es eminentemente religioso y por eso fundamental. ¿Hasta dónde llega nuestra empatía? ¿Qué causas elegimos y cuáles dejamos de lado? ¿Por qué hay cupos para algunas disidencias o condiciones y para otras no?

Más allá de esta pregunta que excede al tema de la subrogación, leer ECEQR es subirse a la montaña rusa mental de la autora, que escribe con placer y destreza. Como lector siempre agradezco eso. En el libro hay deseo de pensar y de abrirse a los personajes y a sus zonas oscuras. Su estrategia consiste en elaborar tres monólogos que se sacan chispas, de tres mujeres fuertes y humanas, donde se pretende menos tener razón que transitar la relación entre los cuerpos y la maternidad, entre los relatos familiares y la necesidad de saber la verdad, entre los sentidos comunes y la hipocresía que los alimenta. A esto Puebla lo hace basada en una premisa que comparto: la de que el presente se comió al futuro y que el arte que sólo mira hacia el pasado es regresivo mientras que el que sólo mira hacia el futuro es ingenuo. La subrogación de vientres es una realidad. El diseño genético y la edición CRISPR avanzan a grandes pasos. La sci fi ha muerto, que viva la sci fi permanente.

Rita Pérez Lavalle tiene veintipocos y es la hija fruto de un vientre subrogado a Nadiya, una ucraniana que escribe unas cartas desquiciadas como miembro de un grupo terrorista que se llama Madres Hermanas por el Vientre de la Patria. Y la destinataria de estas cartas es Victoria González, la inquilina de su útero y madre de Rita, que es la voz del tercer monólogo. El de Victoria es a mi juicio el más logrado literariamente, o sea es el que más me interesó porque funciona como una especie de retorno de lo reprimido de cierta discursividad noventista que siguió estructurando buenas partes de la sensibilidad social argentina a pesar de 2001 y de lo que vino después.

La novedad acá es que Victoria no es una cínica, sino que es una víctima fatal y trágica de su propia sensibilidad. Y lo asume. La literatura sobre el cinismo noventista no podía resolver esta cuestión y se colocaba o bien en el lugar de “exponerlo” con un lábil cuestionamiento de fondo o en criticarlo desde un lugar moralista a mi gusto infumable. En la voz de Victoria González, por el contrario, ese cinismo fue directamente derrotado, pero sobrevive. Es la voz de un fantasma que, asediado, se resiste a morir y reclama su porción del inconciente colectivo. No hay lugar para el optimismo ni para los consejos banales sobre las formas correctas de convivencia en esta novela sobre la agonía de un clima moral y el surgimiento de otro que no termina de consolidarse ni cuestionarse hasta qué punto lleva a sus antecesores en su estructura genética. La hipótesis central del libro sería: hay una continuidad siniestra entre el cinismo noventista y el correctismo actual (radicalizado o de centro), y la literatura debe tomarse el trabajo de desmontarla.

Al pensar sobre los herederos de Asís en mi generación, entre otros, pienso en Washington Cucurto, en Nicolás Mavrakis y por supuesto en Paula Puebla. Es interesante como un autor bastante negado por los estudiosos de la literatura logró de todos modos ser un eslabón decisivo dentro de una tradición organizada alrededor de lo que mi amado Horacio González llamó “los reventados”, una matriz mítica siempre productiva para pensar la política en un país como el nuestro que entre otros motivos es hermoso porque carece de cierre social y cualquier grupo más o menos lumpen, si se organiza, puede alzarse con un buen bocado del poder económico o político.

Agradecí además que ECEQR evitase autoflagelarse con los efectos de la dictadura militar, con el noble pudor de no utilizar el ya cansador fracking emocional de esta lamentable era para posicionarse como un producto de exportación. Al contrario, ECEQR es justamente sobre el ciclo que se abre luego del 19 diciembre de 2001: Rita nació exactamente ese día. En la senda del Turco Asís, Puebla construye a dos personajes secundarios memorables: Héctor Zuk, el cincuentón novio de Rita, que vive en un caserón de Villa Devoto y es un mercader de los derechos humanos con un pasaporte siempre listo para la acción, y Roberto Pérez Lavalle, un empresario nacional bastante turbio y paternalista que se inventó un doble apellido, se dice peronista y desarrolla en forma excelsa el arte de no producir valor social. Recomiendo en especial la escena donde Héctor y Roberto se cruzan en un restaurante cheto, por su sutileza y por el notable detalle de que ambos -y el libro en general- evitan posicionarse sobre el kirchnerismo, cuyo ecosistema libidinal habita a esta muy buena novela argentina sin necesidad de ser nombrado una sola vez.

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